Travesía de esperanza
Mª Teresa Espinoza González
Se arriman unos a los otros intentado entrar en calor. La barca se mece suave en la inmensidad oscura y salada del océano. Están solos. Demasiado solos. Tan solos como nunca habían imaginado estar. Hace ya mucho que nadie habla. El silencio sólo se quiebra por la voz de una mujer que susurra una canción. El corazón de Asha se encoge, su piel se eriza. No puede verla, pero la imagina acunando a su niño, igual como lo hace ella con Esperanza, a la que aprieta contra su pecho mientras las lágrimas resbalan por sus mejillas. Se siente desvalida, quizás igual que aquella mujer. Por unos momentos aquel susurro se convierte en una comunión que une a ese grupo de extraños en una misma aventura incierta. Sus dedos entumecidos acarician a la niña. El viento parece cortarle la piel y el frío le tritura la cabeza. Un frío que su piel morena no conoce y no sabe soportar.
Un estremecimiento la despierta. Tiene la espalda encorvada y los brazos cruzados como si retuviera algo contra su pecho. Le duelen los ojos con un dolor caliente y pesado que no cesa ni aunque los cierre. Intenta incorporarse, pero su cuerpo no responde. Necesita cubrirse. Necesita calentar sus pies. Todo gira. Alguien murmura. Otro se queja. Hay ajetreo, actividad. Pero Asha sólo piensa en el frío que tiene. No puede controlar los temblores y con dificultad se arropa con la manta que la cubre. Tiene sed, la piel le escuece. No comprende dónde está, ni por qué. Como una idea fugaz que no alcanza a retener, el rostro de su bebé aparece y se va. Apenas puede mantener los ojos abiertos y sin resistirse, cede al agotamiento.
Los cuerpos muy juntos, uno al lado del otro, siguen el movimiento de la barca que se agita con una violencia incipiente, que les quita el aliento. Retienen las lágrimas mientras imploran llegar pronto a algún lugar. Cogidos de las manos, aquellos desconocidos, comparten el mismo desamparo y temor. El agua salobre los tienta a beber, pero resisten. Los labios agrietados sangran. Los ojos hinchados, enrojecidos, vagan perdidos. Mientras el susurro de la canción los acuna, Asha cree que alguien falta, pero no está segura, no puede pensar con claridad. Se pregunta cuánto niños habían embarcado. Lo sabía, pero lo ha olvidado ¿cuatro, cinco, seis tal vez? Todos eran bebés, como su niña, como Esperanza, esperanza de una vida diferente. Por eso la había llamado así, con un nombre extranjero que esperaba hacer propio, ya que Asha, a pesar de una larga vida condensada en sus apenas diecisiete años, aún tiene esperanza. Y con la fuerza del miedo acumulado desde que habían arrasado su aldea y se la habían llevado lejos de su madre, lucha por dejar atrás aquel pasado. La sed le carcome el cerebro y para no enloquecer, observa a su bebé dormir después de recibir la poca leche que aún mantiene en sus pechos. Acaricia sus dedos pequeños, sus mejillas redondeadas, su piel suave. La observa con ternura. Es bella. Es tan bella que le duele mirarla. Mientras su vientre crecía, Asha había rogado que fuese una hembra, para que en sus rasgos, se diluyera cualquier reminiscencia de un padre que aunque quisiese, jamás podría conocer. Y cada día agradece haber sido bendecida con aquel regalo al que no guarda rencor, porque su niña no tiene culpa alguna, como no la ha tenido ella. No quiere dejar de contemplarla, pero la sed y el hambre la han agotado y necesita dormir.
Cuando abre los ojos ve que tras la ventana está oscuro. Allí dentro, una luz tenue ilumina las camas. Hay personas moviéndose y aparatos, como en un hospital, como en ese, de gente extranjera, en que había estado alguna vez. Asha necesita beber y cuando abre la boca para pedir agua, los labios parecen explotar en mil cortes sanguinolentos. Se lleva las manos a la cara. La piel le arde, con un ardor que le produce escalofríos. Y su cuerpo tiembla. Está tan helada que sólo desea dormir para no sentirlo. Una mujer de blanco se acerca y unta algo en las heridas. Le habla. Asha la mira sin entender. Las palabras se desvanecen. A sus oídos llega el susurro de aquella canción que escuchara, allá en el mar. La canción le recuerda su infancia, a su familia, a su madre. ¡Como la extraña ahora! La extraña, a pesar que su rostro se ha perdido en el tiempo, tras los disparos, los lamentos y la gente herida. Y ahora, siente el mismo terror de aquel momento, porque está sola. Sola y asustada. Aquella canción le recuerda la fragilidad de su existencia. Si. Se siente frágil y débil, aunque no lo es, ha sobrevivido a la selva, a las armas, a los hombres, al hambre y la indefensión. Aun así, Asha necesita que su madre la abrace y como es imposible, quiere olvidar todo y no pensar.

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