El último café
Mª Teresa Espinoza González
Volver a verte otra vez
Con los ojitos empapados del ayer
Con la dulzura de un amor que nadie ve
Con la promesa de aquel último café
Con un montón de sueños rotos

Sueños Rotos - La 5ta estación
El Mundo Se Equivoca

Carlos salió de prisa del vagón y corrió por la escala del metro. Antes de llegar a la calle aminoró el paso, respiró hondo y subió el sonido de la música. Caminó hasta la esquina y mientras esperaba el cambio de luz observó la terraza tan familiar. Una punzada de dolor lo obligó a desviar por unos instantes la vista al comprobar que todo seguía igual después de tanto tiempo. Cruzó con aparente tranquilidad y con una también, aparente tranquilidad, buscó su rostro. Al no encontrarla, aunque sabía que no estaría allí, entró al bar para salir al momento y sentarse en la segunda mesa de izquierda a derecha, en la mesa que a Valentina le gustaba.
Pidió una cerveza para refrescar la garganta, se apoyó en el respaldo de la silla y sonrió. Sonrió porque le parecía imposible que a más de un año de no saber nada de ella las piernas le temblaran, que su camiseta estuviese empapada de sudor y la ansiedad le quitara la respiración como si fuese un adolescente. Y como un adolescente estaba allí imaginándola llegar, con su andar tranquilo y el cabello desordenado bailando sobre su espalda. Sentado en la mesa de siempre, soñaba que ella sonreiría al verlo, se sentaría a su lado y luego de mirarlo, con aquellos ojos oscuros que parecían escudriñarle el alma, lo besaría, como antes.
Mientras observaba con impaciencia el ir y venir de la gente la recordaba caminando desnuda hacia el baño para luego regresar corriendo y poner sus pies fríos bajo los de él. O su mutismo mañanero y la dureza de su voz al enfadarse. No era más que un leve cambio de tono que para Carlos se convertía en una ráfaga que lo hacía replegarse asustado, sin saber qué hacer. Así la recordaba el último día que la viera, cuando él había intentado con un balbuceo casi incoherente justificar, una vez más, sus erráticas acciones y aquel comportamiento quinceañero que ni él mismo lograba entender. Pero en los ojos de Valentina no encontró más que un muro imposible de flanquear. Estaba herida y si Carlos no hubiera conocido tan bien aquel imperceptible temblor del labio y esa entonación, no lo habría descubierto jamás. Ella tranquila y en silencio había escuchado sus confesiones y él, acostumbrado a las relaciones pasionales y tormentosas, a gritos y recriminaciones, a insultos, llantos y ofensas, se sintió indefenso y perdido ante aquella serenidad. Si alguna vez quieres irte, le había dicho Valentina hacía mucho tiempo, yo no intentaré retenerte. Y consecuente con sus palabras no lo había hecho. Esperó que acabara sus explicaciones y simplemente le entregó dos bolsos con su ropa, una caja con algunas cosas personales y un sobre con el dinero que correspondía a los muebles que habían comprado juntos. Carlos intentó decirle lo mucho que la amaba a pesar de todo, que no estaba seguro de su decisión y que no sabría cómo vivir sin ella, pero Valentina lo miró a los ojos y sonriendo con una ternura que lo desarmó, le dijo, nadie muere de amor. Sin más, dándole la espalda caminó hasta la habitación y cerró la puerta. Con los bolsos en las manos inútilmente esperó que volviera y le brindara la posibilidad de abrazarla una vez más, pero ella había cerrado la puerta de su habitación, y de su vida. No supo cuánto tiempo había estado allí, inmóvil, como si sus piernas se negaran a abandonar aquel piso que hasta unos días atrás aún había sido su hogar. Un piso como cualquier otro pero que los detalles simples, la alegría y calidez de Valentina había transformado en un refugio de paz que él nunca habría sido capaz de imaginar. Sin embargo, era una paz frágil, amenazada constantemente por aquella independencia que en un principio lo había seducido y, que con el tiempo, terminó convertida en un recordatorio constante de su propia inseguridad. Cada pensamiento que lo excluía, lo hería. Cada plan que no tenía relación con él, lo frustraba. Las salidas en solitario aumentaban sus dudas y celos al ser incapaz de entender que tras las acciones de Valentina no existía desafío, abandono ni falta de amor. Carlos no había sido capaz de aceptar que si realmente lo amaba necesitase algo más que su compañía, por eso, aquellos días en que ella había marchado a aquel congreso buscó consuelo de la única forma en que sabía hacerlo. Y ahora, allí solo, con todas sus ilusiones aprisionadas en aquellos dos bolsos se sentía desbordado por los sentimientos y la culpa. Cuando por fin salió del piso y cerró la puerta tras él, la sensación de pérdida fue tan intensa que creyó que moriría, pero no había muerto y había continuado su vida con alguien con quién los días eran rutinarios, cada acción predecible y lo más importante, que en cuyo pensamiento él siempre estaba presente; alguien que lo necesitaba, que lo cuidaba y con quien podía proyectar una vida sin más sobresaltos que las pequeñas discusiones cotidianas, pero que no era capaz de detener la vertiginosa sensación de oscuridad que le había dejado Valentina.

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