Un café(continuación 2/2)
MªTeresa Espinoza González
No había pasado un solo día en que no pensara en ella. En las noches de invierno se sorprendía contemplando tras la ventana una ciudad ataviada de abrigos e imaginándola en la cama cubierta de mantas, intentando calentar sus pies. Por las mañanas mientras sorbía el café recién preparado podía recrear el mohín de disgusto de Valentina al comprobar que ya estaba retrasada y mientras saboreaba su croissant relleno con queso, escuchaba en su mente el sonido de los tacos corriendo por la escalera para alcanzar a desayunar en el bar antes de ir al trabajo. Bastaba un olor, una música o un movimiento para transportarse en el tiempo y regresar con ella, al salón, a la cocina, al baño, a la habitación. A su hogar. Pero aún así, a pesar de soñarla, evitaba los sitios que frecuentaba y sus cines, bares, restaurantes preferidos se habían convertido en lugares prohibidos. Temía encontrarla. Temía verla. Temía comprobar que vivía una vida sin él, o peor aún, que la viviese con alguien que no fuese él. Egoísmo machista habría dicho ella con una risa burlona y él le habría rebatido con el ego algo herido, sin embargo era verdad. Egoísmo. Un egoísmo que le corroía el estómago ante la idea que alguien más abrochara su sujetador o calentara sus pies en el invierno. Egoísmo que le hacía apretar los dientes con desesperación al imaginar su cuerpo meciéndose con la cadencia de otro cuerpo. Egoísmo que le presionaba con furia el pecho al pensar que su ternura y su pasión daban cobijo a otro en su lugar.
Ahora, con los ojos fijos en el reloj y el vaso pasando de una mano a otra, sentía un terror paralizante al descubrir que no sabía qué decir a Valentina, como cuando la había llamado hacía dos días. Después de presionar su nombre en el móvil la sangre le había comenzado a bombear con tanta fuerza que podía sentirla retumbando en la cabeza. Al escuchar su voz había quedado en blanco, pero ella había sido amable, incluso parecía contenta. Fue una conversación breve, con preguntas formales y una invitación a tomar un café. Y ahí estaba, con la garganta oprimida y la sangre bombeando con la misma fuerza de días atrás al verla avanzar desde la esquina, con su andar tranquilo y el cabello desordenado bailando sobre su espalda. Al verlo sonrió. Él, con un movimiento torpe se puso de pie, y con otro movimiento que le pareció más torpe aún, volvió a su sitio. Ella se sentó a su lado y después de mirarlo con aquellos ojos oscuros que parecían escudriñarle el alma, lo besó en las mejillas. Puso la mano sobre el brazo de Carlos y presionándolo levemente le dijo, me alegro de verte. Luego, lanzando una suave y sincera carcajada, lo abrazó diciendo, de verdad que me alegro.
Valentina pidió un café y comenzó a contarle sobre su vida, la familia, los amigos y mientras aquella voz tan conocida disipaba su nerviosismo, él se reencontraba con sus cejas arqueadas, el lunar bajo el ojo derecho, los labios carnosos, las caricias, las discusiones, las compras de los sábados, las cenas en la terraza y el sabor de su piel después de hacer el amor. La risa contagiosa y la sensualidad de sus movimientos lo hicieron sentir la complicidad de antaño. Un plácido confort se fue apoderando de su cuerpo y volvió a observar al mundo con el caleidoscopio de matices mágicos con que Valentina descubría historias profundas y humanas en cada rincón de la ciudad. Se preguntó cómo había podido vivir todo ese tiempo sin ella y sin pensarlo la besó. Y la volvió a besar. Entonces supo que el vértigo de perderla no era real y la oscuridad en que se había encontrado sumido no había sido más que una ilusión. En el momento en que iba a decirle que la amaba y a pedirle que le diera una oportunidad para enmendar sus errores porque estaba seguro que quería compartir el resto de su vida con ella, Valentina acarició su barbilla con la misma calidez que tanto había añorado y en un susurro casi inaudible le dijo, me voy el lunes a África. Él la miró con sorpresa y tardó en reaccionar. Sabía que su gran sueño era visitar África, pero no esperaba que lo cumpliera. Y aunque sintió un golpe de despecho al sentirse excluido de su vida, se alegró. Sinceramente se alegró, porque lo único que le importaba era que la había recuperado. Le preguntó cuándo regresaría y ella dejó de acariciarlo para fijar sus ojos en él. Carlos sintió que se le apretaba el pecho aún antes que ella contestara hace una semana renuncié el trabajo y ayer devolví el piso, no tengo billete de regreso porque no sé si regresaré. Al menos no por ahora. Valentina jugó con sus dedos como lo hacía antes y sonriendo le dijo, me alegró mucho que me llamaras porque así he tenido la oportunidad de despedirme de ti. El dolor le impidió reaccionar, su mente se vació por completo y la quedó mirando sin conseguir pronunciar ni una sola palabra mientras ella se ponía de pie y se despedía. Valentina camino un par de pasos, se detuvo y girando la cabeza hacia él, le dijo, África no está tan lejos, lo digo por si te quieres dar una vuelta, sonrió coqueta y se fue.
A medida que ella se alejaba, Carlos sintió que la ciudad se ensombrecía, la magia se esfumaba y la independencia que lo había asustado hasta el límite de la inseguridad se burlaba de su cobardía, arrastrándolo a un mundo gris, de relaciones rutinarias, conversaciones intrascendentes y emociones vacías. La certeza de la pérdida definitiva lo impulsó a levantarse y correr tras Valentina mientras aún estuviese a tiempo, pero incapaz de dar un paso, se quedó allí observándola desaparecer entre la gente. Cuando no logró verla más, se dejó caer sobre la silla y frente a los labios de Valentina retratados en el borde de taza de café, ocultó la cabeza entre los brazos para no tener ver cómo sería toda una vida sin ella.
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Fin
Fin
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Prohibida su reproducción sin previa autorización del autor.
Este cuento está inscrito en el Registro de Propiedad Intelectual de Chile (Nº183396).
Si deseas reproducirlo con fines no comerciales envíanos un e-mail a tallerlaotraorilla@gmail.com.
Cuento: Un café
Autor: Mª Teresa Espinoza González
Fuente: Taller Literario La Otra Orilla
http://tallerliterariolaotraorilla.blogspot.com/
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Cuento: Un café
Autor: Mª Teresa Espinoza González
Fuente: Taller Literario La Otra Orilla
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