Mª Teresa Espinoza González
Caminaba con paso rápido, presionando el libro contra su pecho. Con el delgado cuerpo semi doblado y temblando de frío recorría las calles, una tras otra, deteniéndose en cada esquina. Observaba los nombres en las paredes, reconocía cada una de las letras y luego las contrastaba con las escritas en el extremo superior derecho de la segunda hoja del libro. Una hoja con dos palabras y un número caligrafiados con letra redonda, pequeña y fuerte. Dos palabras y un número. Ellos eran el principio y el final de una historia tan desconocida para él como el rostro que lo observaba cada mañana tras el espejo.
Sus labios se recogieron en una casi imperceptible mueca de frustración al comprobar que las letras no coincidían. Cerró la tapa y un vestigio de fragancia lo transportó a algún lugar al que no alcanzó a llegar. El ladrido de un perro lo sobresaltó. Movió la cabeza para apartar el cabello rubio y encanecido que caía sobre su frente. Observó el libro, cerró los ojos y la imaginó vestida de blanco, oliendo a lavanda. Reemprendió el camino con celeridad, porque al doblar una esquina o tras un escaparate quizás estaría ella. Le sonreiría con su sonrisa dulce y le murmuraría palabras cariñosas, con aquella voz alegre, que alguna vez, en algún momento, quizás la primera vez que la oyera, le habían recordado una voz cantarina y un rostro infantil. Pero había sido sólo un instante hacía ya mucho o ¿había sido ayer? No lo sabía, porque no sabía cuánto tiempo era demasiado tiempo. Se lo había preguntado mil veces hasta concluir que dependería de los sucesos acontecidos antes o después de otro suceso. Pero él no tenía sucesos. Los había perdido y sus dolorosos intentos por recobrarlos sólo lograban convertir sus ideas en una explosión de imágenes inconexas que desaparecían casi antes de empezar. Todo su concepto de temporalidad se reducía a una eternidad encerrada entre las paredes del salón donde su existencia podía resumirse en la cena de la semana pasada, la visita del médico y el juego de cartas con los desconocidos con quien compartía sus horas. No tenía más historia que los días transcurridos en el banco del jardín, intentando encontrar entre las hojas de aquel libro el camino a su pasado. Días de desconcierto y de temor observando a través de la verja el pasar de la gente, gente real, con vivencias reales, con tiempo real. Por eso, necesitaba encontrar la dirección, porque sería el nexo hacia ese mundo de verdad, con rostros amigos, con pasado, futuro y un hogar donde quizás estaría ella, con su olor a lavanda y sus ojos risueños.
El atardecer lo sorprendió caminando. Las luces de las tiendas y de las calles estaban encendidas y una suave llovizna cubría el pavimento. Debía seguir antes que anocheciera. Debía encontrar esa calle. Debía continuar mientras sus ojos cansados fuesen capaces de reconocer las letras. Caminó ahora más rápido, absorto en llegar a la próxima esquina y tan concentrado estaba que cuando se detuvo para recobrar el aliento descubrió que estaba oscuro. Observó la ciudad desierta. Las avenidas desconocidas y silenciosas lo atemorizaron. Gotas gruesas y tupidas que se estrellaban contra el suelo. Y contra su cuerpo. Se sintió perdido en aquella gran inmensidad, tan vacía como sus recuerdos, como su vida. Y con la angustia de que su mente se perdiera para siempre en la vacuidad de aquellas calles, corrió. Corrió bajo la lluvia, sobre el pavimento mojado, luchando contra el viento y el temor, hasta perder las fuerzas y detenerse extenuado. Asustado por la semi sombras creadas por las farolas, se sentó en el borde de la acera y cruzó los brazos sobre el pecho, resguardando su libro. El agua se deslizaba por su rostro, su cuello, traspasando sus ropas. Abrió el libro para encontrar aquellas dos palabras y el número, pero sus dedos entumecidos no podían separar las hojas reblandecidas. Encorvándose sobre sí mismo, el hombre lloró. Lloró como un niño extraviado. Lloró por los años que no recordaba y que ya no podría recordar. Lloró con la desesperación de no tener un lugar al que pertenecer ni al que regresar. Lloró sin pudor ni vergüenza hasta que levantó la vista y a través de sus lágrimas, como una aparición etérea y blanca, la vio. Estaba en la acera del frente, bajo el paraguas, sonriéndole con su sonrisa dulce y los ojos alegres. Caminó hasta él, se arrodilló a su lado y cuando le tendió las manos, el olor a lavanda le recordó su habitación de paredes blancas y su banco en el jardín. También el espejo del lavabo y a sus compañeros del salón. Una cálida sensación acarició su pecho al imaginar que quizás alcanzaría a regresar antes que acabara el juego de cartas. Sonrió. Volvió a sonreír y dejando caer el libro a sus pies, cogió las manos protectoras y familiares que lo llevarían de vuelta a casa.
.
.
- 1 -
Fin
Fin
Derechos Reservados.
Prohibida su reproducción sin previa autorización del autor.
Este cuento está inscrito en el Registro de Propiedad Intelectual de Chile.
Si deseas reproducirlo con fines no comerciales envíanos un e-mail a tallerlaotraorilla@gmail.com.
Cuento: Regreso a casa
Autor: Mª Teresa Espinoza González
Fuente: Taller Literario La Otra Orilla
http://tallerliterariolaotraorilla.blogspot.com/
Prohibida su reproducción sin previa autorización del autor.
Este cuento está inscrito en el Registro de Propiedad Intelectual de Chile.
Si deseas reproducirlo con fines no comerciales envíanos un e-mail a tallerlaotraorilla@gmail.com.
Cuento: Regreso a casa
Autor: Mª Teresa Espinoza González
Fuente: Taller Literario La Otra Orilla
http://tallerliterariolaotraorilla.blogspot.com/